Por J. Richard Cohen
A pesar de lo recurrente que ha sido nuestro debate nacional sobre el tema de inmigración, es remarcable la falta de atención a las causas del origen de la inmigración de México, así como a las dimensiones morales de la injusticia y tragedia humana que se está teniendo ante nuestros ojos.
Los mexicanos así como otros inmigrantes de latinoamericanos vienen a nuestro país atraídos por empresas que buscan mano de obra barata y por políticas gubernamentales que prometen programas de trabajadores temporales.
Esta inmigración creció aceleradamente en los noventas en parte por el devastador impacto que trajo a los trabajadores del campo el Tratado del Libre Comercio con Norte América. Aproximadamente dos tercios de los 12 millones de inmigrantes indocumentados en nuestro país han arribado desde el año 1995, después de que este tratado (NAFTA) tomara efecto. La gran mayoría de los inmigrantes ilegales, en promedio ocho de cada diez, son de países de América Latina. Y tres cuartos de éstos son mexicanos.
Hoy en día, estos inmigrantes se encuentran entre las personas más abusadas, explotadas y denigradas en nuestra sociedad.
Como los irlandeses de mediados del siglo XIX y otras oleadas de inmigrantes que arribaron a nuestras tierras, ellos dieron la fuerza de los primeros peldaños de nuestra escalera económica. Ellos tienden las camas de los hoteles y ayudan a llevar el alimento a la mesa de los americanos. Ellos procesan las aves de granja y trabajan en la construcción, haciendo los productos menos caros para todos nosotros. Sin embargo, ellos son despreciados solamente por estar aquí y cada vez más están en peligro de ser atacados físicamente por los guardias fronterizos o insensatos racistas.
Es verdad, muchos de ellos cruzan la frontera ilegalmente, en busca de una mejor vida. Sin embargo, cientos de miles de latinos son reclutados como "trabajadores temporales" cada año por grandes empresas estadounidenses que buscan mano de obra barata que coseche vegetales, plante árboles de pino en las enormes plantaciones de madera de construcción en el sur, o que cumplan con otros trabajos con un salario muy bajo.
Como nación nosotros podemos y debemos hacer las cosas mejor. Nosotros debemos recibir a los inmigrantes con compasión y tratarlos con dignidad.
Debemos de buscar soluciones realistas. Pus como hemos visto una y otra vez en los primeros años de este nuevo milenio, la guerra y la ideología rígida no funcionan.
Juntar a todos los inmigrantes indocumentados y tirarlos fuera del país – una opinión favorecida por muchos críticos conservadores – no es una opción realista. Arrestarlos, detenerlos y después depórtalos como ha sucedido a una gran cantidad de personas, costaría cientos de billones si no es que trillones de dólares a los contribuyentes americanos y necesitará de la creación de una policía especializada creada por el gobierno con un perfil racista. La posibilidad de que existan violaciones a los derechos humanos en enorme.
Inclusive si se pudiese lograr una deportación masiva, esto traería consecuencias severas para la economía, puesto que como trabajadores indocumentados nosotros constituimos casi el 5 por ciento de la fuerza laboral de Estados Unidos. Siendo además las familias literalmente desgarradas por la separación, el sufrimiento humano sería incalculable.
Nosotros podemos detener la ingerencia masiva de refugiados económicos, pero necesitamos comenzar por promover políticas económicas que no solamente estén destinadas a obtener ganancias de México sino en ayudar a nuestro afligido vecino a fortalecer sus comunidades y a construir una economía que sostenga a su gente.
En casa, nosotros debemos rechazar las fantasías apocalípticas de demagogias políticas y los depravados argumentos de supremacía blanca que buscan aumentar las pasiones raciales.
Debemos asegurarnos que los inmigrantes, sin importar su estatus, no sean explotados por dinero y no sean sujetos a la violencia o el odio.
Debemos levantarnos por la justicia y la tolerancia en atención a aquellos que han dejado comunidades rotas en busca de un mejor futuro para sus familias.
Poder llegar a unir la fortaleza y la sabiduría para hace esto será una verdadera prueba para el espíritu americano.
J. Richard Cohen es el presidente del Centro Legal de la Pobreza del Sur. Este editorial apareció originalmente en diciembre del 2006 en un reporte de la publicación de SPLC.
