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Papalotzin y las monarcas

Papalotzin and the Monarchs in Spanish.

Un cuento fronterizo bilingüe Al fin llegó el día en el que el Gran Norte construyó una Gran Muralla para apartarse del Gran Sur. Nada ni nadie podía pasar de un lado al otro, ni siquiera las nubes, ni el viento que antes había zurcado el cielo.

Al principio, a la gente del Gran Sur no le había importado el asunto. Además, pensaban, eran afortunados. Las mariposas monarcas se habían quedado de su lado. Y allí estaban todas, revoloteando como hojuelas anaranjadas y doradas todos los días del año.

La situación molestó a Papalotzin, dios de los monarcas. Desde tiempos lejanos las mariposas siempre se habían desplazado libremente de un lado al otro. ¡La migración era como la circulación de la vida en la Tierra!

Sus razones tenía Papalotzin por preocuparse. Cuando las mariposas se cansaron de revolotear ante la imponente muralla, empezaron a caer al suelo. Al desaparecer ellas, ya no hubo colores en el cielo. Todo lo demás empezó a descolorarse. Los girasoles perdieron su amarillo. El café de los troncos de árbol, el rojo de las manzanas, el rosado en las manos de la gente—todo ello desaparecía. Hasta el digno saltamontes se deprimió cuando se quedó invisible al perder su abrigo verde.

La gente del Gran Sur ayuda: "¡Oh, Papalotzin!, ¡pronto estaremos tan descoloridos … como la muerte!"

Papalotzin se asomó sobre la Gran Muralla y descubrió que la gente del Gran Norte también sufría. Todo de ese lado también se estaba quedando descolorido. Las fresas ya no eran rojas. Las naranjas ya no estaban anaranjadas. Y el pájaro azul tan platicador dejó de hablar por que ya no tenía más que decir sin el azul brillante de sus plumas. "¿Qué vamos a hacer?" gritó la gente del Gran Norte.

Papalotzin sabía que tenía que rescatar a las gentes de ambos lados, al igual que a los animales, las flores, las frutas, y hasta el sol que ya estaba perdiendo su resplandor, y hasta la luna que iba perdiendo su lustre, y hasta los cielos que se estaban quedando gris como la arena.

Con su gran pié de dios, Papalotzin pateó y derrumbó la Gran Muralla que había dividido al Gran Norte del Gran Sur. Luego resolló profundamente y sopló un aire fuerte con sus pulmones de dios lanzando al aire a las mariposas.

De nuevo en vuelo, los monarcas se desparramaron por todos los cielos y de inmediato los colores regresaron con vida. Todo el Norte y el Sur se puso de fiesta: ¡Urraaa! Hooraaaay! Y hasta el saltamontes brincó de felicidad una vez que volvió a ser visible. El pájaro azul comenzó a cantar, alegre de su color brillante.

El Gran Norte y el Gran Sur decidieron que era mejor dejar las cosas así, que los monarcas, y que todo y todos, pudieran migrar de un lado al otro de así en adelante. Y Papalotzin pensó lo mismo mientras que aleteaba sus grandes alas que empujaban a los bellos arcos iris hacia lo alto del cielo.